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BIOGRAFIAS

MARIO LUIS NAVA RAMIREZ
"El espíritu de Amadito"


 

 

Información General
Profesión: Estudiante.
Fecha de nacimiento: 1967
Fecha de deceso:
14 de octubre de 1982
Fecha de ingreso al Movimiento:
1979
Fecha de ingreso al Grupo VII:
1979



Mario Luis Nava Ramírez, "Amadito" vivió 15 años y la mitad de su vida fue lobato y scout del Grupo VII. Todos estuvimos presentes y él nos acompañó. El 15 de octubre de 1982, en ceremonia inédita y solemne le fueron entregadas su segunda barra y el cordón de guía de patrulla.

De muy pequeño, su tío, Amado Ramírez, antiguo Búho y ex Jefe de Tropa lo llevó a la manada del grupo, de ahí lo de "Amadito", de hecho fue rara la ocasión en que se le llamó por su nombre. Su estadía en la Patrulla Búhos no pudo haber sido en mejor momento, crisis, nada raro, pero con Amadito al frente no se sintió. Sin cordón de guía, pero con la camiseta bien puesta. Había nacido scout y estaba escrito que dejaría huella a su paso por la tropa Roland Philipps. Era alto, fuerte, temerario y le gustaba la velocidad, pero sobre todo tenía un espíritu que contagiaba.

En ese entonces no éramos muchos, pero teníamos a Amadito. El inicio de la década de los 80 no hubiera sido lo mismo sin él. No había tropa que desconociera el poderío de ese reducido número de scouts y Amadito representaba el 50 por ciento de todos nosotros. La "llave" era una de nuestras mayores diversiones y Amadito nuestro pilar insustituible. En el antiguo local del Grupo 8, ubicado en Ángel Urraza y Avenida Coyoacán no pudieron arrebatarnos ni un punto, sumando a esto el arrastrón y un brazo roto de un scout del 8. El Grupo XIV de Chapultepec también sufrió varias derrotas y nunca pudo con nosotros. Ni ante el mismo Clan del VII con Hunter Pitman y gigantes sucumbimos o mejor dicho sucumbió Amadito, porque a pesar de que éste era nuestro juego, para todos importante y diverso en la manera de conceptualizarlo, no dejaba de tener un significado muy particular para él. La llave en sus manos pasaba a formar parte de sus poderosos brazos hasta que rebasaba la línea de "sus" contrincantes. Nunca perdimos un juego.

Su último campamento fue un Regional en el cual arrasó la Tropa del VII, el irreconciliable 1, 2, 3. Antes de la ceremonia de premiación y revista de uniformes corríamos al valle donde se llevaría a cabo la clausura del campamento. Alguien le dijo: -ˇtus borlas!- y notó que las había olvidado. Con su sonrisa de siempre simplemente las sustituyó por dos hojas de un árbol y santo remedio. Uniforme completo. En el futuro éste recurso fue muy socorrido y todos lo llegamos a utilizar permaneciendo como una contribución de su espíritu, a veces indomable, pero siempre noble y a veces, un poco loco.

Un martes por la noche antes de iniciar junta de guías llevó un rifle de diábolos. Le gustaban las emociones fuertes. Apuntó a la sien de Juan Daniel, jaló el gatillo y no sucedió nada. Disparó de nuevo pero esta vez hacia arriba y una posta se incrustó en el techo. Creo que durante esa junta Juan Daniel nunca supo si realmente seguía vivo.

La velocidad era otra de sus temeridades y el vértigo que producía el ser su acompañante no tenía comparación. Jamás chocó y a la par de las complicadas maniobras que realizaba sobre el asfalto, su copiloto, un pequeño hámster blanco, que viajaba a través de las mangas de su uniforme, salía por el cuello de su camisola y brincaba sobre el volante y la palanca de velocidades. Así era Amadito y el riesgo de ser su amigo. Inconscientemente podía poner en peligro su vida propia y la de los demás, pero en sus cabales protegía a todos, sobre todo a los más pequeños. Tal vez porque siempre fue un niño.

No había tronco pesado para las construcciones que Amadito no pudiera cargar y sostener hasta que acabáramos el amarre. No había juego de destreza en el que se le pudiera superar. Fuerza y temple en su persona que complementaba con mucha chispa, una chispa que encendió la fogata de nuestros corazones durante el tiempo que nos fue permitido contar con su presencia. Tenía 15 años de edad, pero de eso sólo nos dimos cuenta hasta que partió.

Todos estuvimos presentes y él nos acompañó. Jorge de la Parra, el entonces Jefe de Tropa le entregó su segunda barra y cordón de guía estando él ya postrado en su lecho de muerte. Fue guía sin cordón porque Dios lo llamó. Es difícil olvidar la noche y madrugada en que uniformados hicimos guardia a su lado. Tampoco se borra de mi memoria la petición de su familia a la mañana siguiente de ser nosotros quienes llevaran sus restos a hombros hasta su último lugar de descanso. Indudablemente lo más difícil fue cantar "Taps". Vivió intensamente y nos dejó como legado el verdadero concepto de la alegría, en un premio que se otorga al scout de la tropa que demuestra mayor entrega y chispa, el "Espíritu de Amadito". Lo representa un pequeño Búho de su propiedad que se lleva al cuello, sobre la pañoleta azul de nuestros recuerdos.

Podemos perder todo en esta vida, pero jamás la alegría que la vida nos exige, simple y sencillamente por habérsenos dado la oportunidad de vivir en este mundo. Amadito no estuvo mucho tiempo entre nosotros, pero fue scout más tiempo que cualquier otro. El mensaje de su paso por el Grupo VII fue muy claro: "El scout siempre ríe".

Del jueves 14 de octubre de 1982 en adelante ninguna llave volvió a ser la misma, primero porque hubo un luto en el juego y segundo porque sin él, se los aseguro hubiéramos perdido, cosa que Amadito jamás nos hubiera perdonado.

La Tropa Roland Philipps acompaña a Amadito hasta su última morada.

Semblanza escrita en abril de 2001.

Iván Guerra Villasana R.S.

Rino Vigoña

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